Los paradigmas son realizaciones científicas universalmente reconocidas (dogmáticas) que, durante cierto tiempo proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica en particular.
Thomas Kuhn
…La materia y la energía parecen poseer una estructura granular, y lo mismo la vida, pero no así la mente.
Charles Sherrington
No es difícil darse cuenta de que muchos de los conocimientos hasta ahora estudiados no dejaron ninguna huella material: el círculo de ideas y representaciones de un grupo humano es mucho más grande de lo que sus vestigios culturales permiten averiguar.
Paul Feyerabend
En el reconocimiento de tales limitaciones se sientan las bases de una nueva visión, ya que todo ello invita a una revisión (no solamente racional) de los propios supuestos, tendencias, pensamientos, pautas de existencia, sentido de vida, concepción de la realidad, etc. Se pone en evidencia que las propias restricciones son culturales, sociales, psíquicas, emocionales, afectivas, entre otras, las cuales deben perder su peso jerárquico como organizadores de la existencia de los individuos, siendo una manera de trascender estas restricciones la ampliación del estado de conciencia habitual.
Si bien los paradigmas juegan un papel importante para el progreso científico brindando el marco conceptual de realidad consensual desde donde generar nuevo conocimiento, a la vez su rol es complejo y ambiguo ya que en ciertas etapas actúan como limitantes conceptuales, que dificultan de un modo decisivo la posibilidad de nuevos descubrimientos confinando la exploración de nuevas áreas de la realidad.
Cuando un paradigma se convierte en el enfoque obligatorio de los problemas científicos, la ciencia atraviesa una etapa en la que, tal como ironiza Kuhn la comunidad científica sabe cómo es el universo. Es decir, se suele confundir con una descripción exacta de la realidad, perdiéndose de vista que lo que la ciencia hace es sólo una simbolización de la misma para intentar comprender una parte de ella. Entonces, los científicos olvidan que un paradigma es de naturaleza hipotética y por tanto éste actúa como un filtro deformante de la percepción. Esto hace del proceso de generación de conocimiento un mecanismo perfecto autorreferente y autovalidante ya que cualquier paradigma o modelo explicatorio fundamenta la validez de sus propios supuestos, por lo que termina por cerrar un círculo que muchas veces tiene que abrirse para generar verdaderos avances. Tal como explica Grof: con la aplicación de un proceso estrictamente lógico, es posible derivar de los axiomas un sistema de afirmaciones, o teoremas, pero el sistema teórico resultante es de una naturaleza puramente lógica, es autorratificante y su verdad es esencialmente independiente de los sucesos físicos del mundo. Así, muchos modernos credos que proclaman no implicar cuestiones de fe, sino estar basados de hecho en el conocimiento científico, contienen contradicciones internas y se apoyan en un autoengaño, como expresa Wilber.
Así es como un paradigma se transforma en una limitación para la percepción y se genera una fuerte resistencia a salir de la visión ya instalada y a quebrarla para abrirse a una nueva percepción. Sucede que mientras se vive entre las sombras de la caverna, sin siquiera saberlo, no cabe tener motivo ni deseo alguno de escapar hacia la luz de afuera. Las sombras se toman por la única realidad, y no se reconoce ni se sospecha la existencia de otra realidad. Existe una convicción de que el paradigma vigente acabará por resolver todos los problemas. Por ello, en general al científico no le interesa poner a prueba la validez del paradigma, sino que prefiere que se conserven sus supuestos básicos. En parte esto se debe a motivos humanos perfectamente comprensibles, tales como el tiempo y energía consumidos en su propia formación, los plazos académicos o los descubrimientos íntimamente relacionados con la explotación del paradigma en cuestión. Pero a los fines de un verdadero avance en la cosmovisión lograda desde la ciencia, estas limitaciones no deberían imponerse.
La ciencia no puede ser gobernada por un sistema rígido, inmutable y de principios absolutos, afirma Paul Feyerabend en la que tal vez sea la obra más crítica hacia la metodología científica y su práctica actual (Against Method: Outline of an Anarchistic Theory of Knowledge, 1978). En ella afirma que la ciencia es una empresa anárquica y que las violaciones de las reglas básicas epistemológicas a lo largo de la historia han sido absolutamente necesarias para el progreso científico. También, que durante las grandes revoluciones, la aplicación y replicación de los cánones del método científico vigente no sólo no habría acelerado el progreso, sino que lo habría detenido por completo. Por ejemplo, la revolución copernicana y otros descubrimientos esenciales de la ciencia
moderna han trascendido las limitaciones dadas por la razón y por ello han sobrevivido. Kepler no dedujo primariamente su convencimiento de que el sistema copernicano era correcto basándose en datos concretos astronómicos, sino más bien de la concordancia de su descripción con el arquetipo al que Jung da el nombre de Mandala.
En sus bases, el concepto newtoniano de cuerpos sólidos moviéndose en un espacio vacío con características euclidianas, hoy es sólo una modelización precaria de la realidad física. Esto se puso de manifiesto con toda claridad a principios del siglo XX, cuando por los descubrimientos realizados en física atómica pudo verse que el esquema de conceptos newtoniano no podía servirnos para aplicarlos a los fenómenos mecánicos del interior del átomo. Desde que Planck descubrió el quantum de acción en 1900, reinaba en la física una gran confusión. Las antiguas normas, que habían permitido describir la naturaleza durante más de dos siglos, no encajaban ya con los nuevos descubrimientos. El reconocer que el conocimiento que la física nos proporciona de los objetos que estudia se reduce únicamente a una serie de lecturas en diversas escalas e indicadores transforma de
modo fundamental la idea que tenemos del rango del conocimiento físico. La teoría de la relatividad y la nueva teoría atómica socavaron todos los conceptos básicos de la física newtoniana: la existencia de un tiempo y un espacio absolutos, la naturaleza material sólida del universo, la definición de las fuerzas físicas, el sistema de razonamiento estrictamente determinista y el ideal de la descripción objetiva de los fenómenos excluyendo al observador. Dejó de tener sentido la idea de existencia de un ladrillo básico que construye el Universo, rol otorgado hasta muy recientemente al átomo. El descubrimiento de las partículas subatómicas erradicó esta idea al observar que éstas se comportan como partículas y como ondas. Es más, un fotón, por ejemplo, que es creado en un punto A y desaparece al ser absorbido en el punto B sólo puede ser concebido desde una teoría relativista donde las partículas no son consideradas como objetos destructibles, sino como patrones dinámicos con una cierta cantidad de energía susceptible de ser redistribuida al formarse nuevos patrones. Según la teoría de la relatividad, el espacio no es tridimensional y el tiempo no es lineal y no fluye de un modo uniforme como en el modelo newtoniano; ni lo uno ni lo otro tienen entidad por separado. Por tanto, espacio y tiempo están íntimamente entrelazados y forman un continuo cuatridimensional llamado
espacio-tiempo. De acuerdo a los descubrimientos de la física moderna no hay lugar para campo y materia, ya que el campo es la única realidad. Las variaciones en el campo de gravitación en distintos lugares del universo producen como efecto la curvatura del espacio, que hace que el tiempo fluya a ritmos diferentes. Así, la imagen de la materia sólida ha sido destruida y la distinción entre materia y espacio vacío pierde su significado ya que el concepto de vacío desaparece.
La teoría cuántica nos obliga a ver al Universo no como una colección de objetos físicos, sino como una intrincada telaraña de relaciones en un todo unificado. Esto nos llevaría a replantearnos las propiedades de un objeto de investigación, ya que no pueden ser definidas independientemente de los procesos de preparación y medición sino que nos revela la existencia de una cualidad de conexión recíproca. No podemos descomponer o fragmentar al mundo en mínimas unidades de existencia independiente, ya que las propiedades de un sistema sólo son definibles y observables a partir de la integración con otros sistemas.
Hoy sabemos que la exploración del mundo exterior con los métodos de la ciencia física nos conduce a ese mundo de sombras y símbolos, por debajo de los cuales esos métodos son incapaces de penetrar. Sin embargo, la gran diferencia entre la antigua y la nueva física es a la vez simple y profunda: tanto una como otra sólo se ocupan de sombras y de símbolos, pero la nueva física se vio obligada a hacerse consciente de este hecho, se vio forzada a darse cuenta de que estaba ocupándose de sombras e ilusiones, no de la realidad. En este hecho reside su más importante avance. Para comprender los fenómenos del mundo físico, es necesario conocer las ecuaciones a las que esos símbolos se ajustan, pero no la naturaleza de lo realmente simbolizado por ellos. Con la sensación de que detrás de ellos debe haber algo más, volvemos al punto de partida de la conciencia humana –el único centro donde podemos esperar conocer algo más–. Ahí nos encontramos con otras reacciones y revelaciones verdaderas o falsas, distintas de las que nos proporciona el mundo de los símbolos. Todos compartimos esa extraña decepción de poder comprender tan fácilmente la naturaleza general de un pedazo de materia, y que siga siendo insondable para nosotros la naturaleza del espíritu humano. Comparar el grado de certidumbre que podemos tener de las cosas espirituales y de las cosas materiales, nos lleva a no olvidar que la mente es el primer y más directo dato con que contamos en nuestra experiencia; todo lo demás son conexiones remotas. Todo ese entorno de espacio, tiempo y materia, de luz y color y de cosas concretas, que se nos aparece tan vívidamente real cuando se le examina profundamente con todos los adelantos de la ciencia física, en el fondo se reduce a símbolos. Su sustancia se convierte en sombra. “De un modo paralelo a las enseñanzas de la teoría atómica… al tratar de armonizar nuestra posición como espectadores y actores del gran drama de la existencia, tenemos que considerar ese tipo de problemas epistemológicos, con los que pensadores como Buda y Lao Tse tuvieron ya que enfrentarse”, expresa sabiamente Niels Bohr.
Dado que los sistemas biológicos implican fenómenos físicos, y por tanto biología y física nunca están desvinculadas, cabría al menos tener consideración respecto a estos últimos descubrimientos en el área de la física moderna ya que establecen principios más acordes a la realidad de nuestro universo. Mientras tanto, la visión mecanicista que se desprende de los postulados de Isaac Newton es la que continúa rigiendo gran parte de los estudios en el ámbito de la biología. Dentro del área de las ciencias biológicas todo lo que podemos captar estudiando sistemas biológicos tiene que ver con diferentes escalas de observación (tanto espaciales como temporales), pero continuamos viendo sistemas vivos, ecosistemas, especies, comunidades, células, etc., sin salirnos de ese viejo enfoque
mecanicista.
Cuando un paradigma cambia, cambia a su vez el mundo de los científicos, tanto cuantitativa como cualitativamente. Se utilizan nuevos instrumentos, se mira hacia otros lugares, se observan cosas diferentes y se ven de modo nuevo objetos ya conocidos. Según Kuhn, este cambio radical de percepción es comparable al de ser transportado de pronto a otro planeta. Por ello, la aceptación de un nuevo paradigma raramente es fácil, ya que depende de una serie de factores sentimentales, políticos y administrativos, en lugar de una simple cuestión de pruebas lógicas. Para muchos de los físicos más destacados que aportaron a la nueva visión de lo que hoy es la física moderna, empezar a ver las limitaciones de la física como posible explicación de la realidad y de ese “algo más amplio” lleva indefectiblemente a desarrollar una visión mística del mundo, porque ir más allá de la física implica abordar la metafísica o la mística. Eddington nos dice al respecto: “Seguramente esa naturaleza nuestra, mental y espiritual, de la que tenemos conciencia a través de un íntimo contacto que trasciende los métodos de la física, nos proporciona justamente aquello que… reconocidamente la ciencia no nos puede dar”.
Existen períodos, como este que atravesamos actualmente en el contexto de una profunda crisis global, en los cuales se percibe un caos conceptual y se acumulan numerosas observaciones independientes entre sí que son incompatibles con el sistema de creencias vigente, y esto termina por cambiar gradualmente la práctica científica normal. Debido a que, claro está, todo paradigma es mucho más que un simple modelo teórico de utilidad para la ciencia y en la práctica su filosofía moldea el mundo en el que vivimos y ejerce una influencia indirecta sobre cada individuo en la sociedad, muchos científicos eminentes han expresado la creciente sospecha de que la visión mecanicista del mundo ha contribuido sustancialmente a la crisis actual, e incluso hasta tal vez la haya generado. Hoy los viejos y tradicionales modelos científicos no pueden aportar soluciones satisfactorias a los problemas que enfrentamos individual, social y globalmente. Teniendo en cuenta que la ciencia newtoniano-cartesiana alimenta y refuerza constantemente una imagen muy básica de los seres humanos, destacando la falta de valores y promoviendo el individualismo, el egoísmo extremo, la competencia y el principio de supervivencia del más apto, y una visión del mundo natural que nos rodea como ‘recursos a nuestra disposición’, como si se tratase de tendencias naturales y esencialmente sanas, esas sospechas no estarían infundadas.
Como premisa básica, el conocimiento del conocimiento (de sus bases, de cómo funciona) nos obliga a tomar una actitud de permanente vigilia, de mayor atención sutil contra la tentación de la certeza, a reconocer que nuestras certidumbres no son pruebas de verdad como si el mundo que cada uno ve fuese el mundo y no un mundo que traemos con nosotros. “En el corazón de las dificultades del hombre actual, está el desconocimiento del conocer”, expresan Maturana y Varela. Por ello, una revisión drástica de nuestros conceptos fundamentales de la naturaleza humana y de la naturaleza de la realidad parece ser más que necesaria. La ciencia materialista enceguecida por un modelo del mundo constituido por objetos independientes mecánicamente interactivos, no puede conciliar con la intuición y sentido místico intrínseco en todo lo que nos rodea, la empatía natural y la cooperación, la sinergia y la noción de unidad entre nosotros y el ambiente. Las nociones de equilibrio y armonía inmanentes en todo lo que nos rodea provienen de otra fuente de percepción sutil que escapa a la ciencia materialista, y el primer paso ya está dado.
El ser humano forma parte de esa totalidad que llamamos universo, una parte limitada en el espacio y en el tiempo, y se experimenta a sí mismo, a sus propios pensamientos y a sus sentimientos como separados del resto en una suerte de ilusión óptica de su conciencia. Este engaño es una especie de prisión que nos mantiene atados y circunscritos a nuestros deseos personales y a nuestro afecto por los seres más cercanos. Nuestra tarea consiste, pues, en liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión hasta llegar a abrazar a todas las criaturas vivientes y a toda la naturaleza en todo su esplendor.
Albert Einstein
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