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El Fracaso de la Razón / Las trampas del lenguaje

Liberar al virus contenido en la palabra podría ser más peligroso que liberar la energía del átomo. Porque todo el odio todo el dolor todo el miedo toda la lujuria están contenidos en la palabra.

William Burroughs


Toda reflexión, incluyendo una sobre los fundamentos del conocer humano, se da necesariamente en el lenguaje, que es nuestra peculiar forma de ser humanos y estar en el hacer humano. Por esto, el lenguaje es también nuestro punto de partida, nuestro instrumento cognoscitivo y nuestro problema.

Humberto Maturana y Francisco Varela


En su naturaleza fundamental, ninguna cosa puede ser nombrada ni explicada. Ninguna puede ser adecuadamente expresada bajo forma alguna de lenguaje.

Ashvaghosha


    Nuestro intento de “comprender” puede llevarnos a la conclusión de que los medios de expresión con los que contamos no nos permiten una clara descripción de los hechos desprovista de toda ambigüedad. La ilusión generada por una forma de percepción dual se encuentra firmemente sustentada en el uso de nuestro lenguaje, creando distinciones y divisiones arbitrarias sobre la realidad que nos circunda. Esta dualidad ilusoria fue expresada claramente por medio de metáforas y alusiones poéticas en el antiguo oriente, así desde el hinduismo se llama Maya a la ilusión provocada por la percepción dual de la realidad. Dicha ilusión abarca la noción de un mundo mensurable por medio de mapas mentales y puramente simbólicos que dividen y miden el universo, y dado que toda medición no es más que una abstracción, y como tal una omisión de parte de la verdad, el mundo de materia y medición se confunde con las realidades definitivas, es un mundo ilusorio.
    Nuestras palabras, símbolos, signos, pensamientos, ideas y constructos conceptuales son meros mapas de la realidad, no la realidad misma, el mapa no es el territorio, ni la palabra es la cosa como afirma Jiddu Krishnamurti. Por su parte D.T. Suzuki lo expresa: “Esta contradicción tan enigmática para el pensamiento usual procede del hecho de que nos vemos obligados a usar el lenguaje para comunicar una experiencia íntima, cuya propia naturaleza trasciende con mucho el campo de la lingüística”. En palabras del físico David Bohm: “el lenguaje genera una fragmentación del pensamiento, la propia estructura sustantivo-sujeto-verbo-objeto de las lenguas modernas supone que
toda acción surge en un sujeto aislado y actúa, o bien sobre un objeto aislado, o bien en forma refleja, sobre el mismo sujeto. Esta estructura omnipresente en nuestro pensamiento nos conduce a una fragmentación de la totalidad de la existencia en entidades separadas, consideradas como esencialmente fijas, y estáticas en su naturaleza. Esta fragmentación sucede en muchos niveles y está muy extendida no sólo por toda la sociedad, sino también en cada individuo, produciendo una especie de confusión generalizada que interfiere en la claridad de nuestra percepción seriamente”. El lenguaje entero del materialismo tal vez sea bueno para delimitar y describir las cosas, pero es inútil cuando se intenta describir las relaciones entre las cosas y meditar sobre su organización.
     En cuanto a la intuición, como vehículo de conexión a esa totalidad no fragmentada, cuenta con huellas culturales registradas desde hace por lo menos 2500 años. Desde los llamados Upanishads se consideraba en el pensamiento indio que el reconocimiento del Atman como idéntico al Brahman (el yo personal igual al yo eterno omnipresente y omniabarcativo) representaba las bases más profundas de la intuición acerca del mundo. Así es como pensar en una totalidad constituida por fragmentos
independientes, implica poseer un estado mental que tenderá a trabajar de este mismo modo, mientras que la captación directa de una unidad coherente y armoniosa en un todo global que es continuo, no fragmentado, y sin frontera alguna, genera un estado de mente completamente diferente. El primer estado implica encontrarse sujeto a las leyes de causa y efecto de un Universo mecanicista, mientras que el segundo permite la captación de las sincronicidades dentro de un todo unificado.
    Así entonces es el estado de Mente omnisciente que todo lo abarca, el que no está circunscrito ni sujeto a fragmentaciones, el que posee al todo mismo y se encuentra libre de ilusiones separativas. Este estado de mente total, alcanzado por personas bajo situaciones especiales que trascienden el estado de consciencia habitual y ordinario es el único que no ha sido alterado por la demarcación de fronteras ilusorias. De ahí que bajo dichos estados de consciencia no ordinarios podemos experimentar revelaciones concernientes a varios aspectos de la naturaleza y del cosmos que por mucho trascienden nuestro background educacional e intelectual.
    “La forma mítica (baladas, versículos, relatos de héroes, etc.) respalda la existencia de un saber y de una poesía sin escritura y, por ende, muy difundidos. Ella desempeña un papel similar al sistema binario en la actualidad, pero es más adaptable y útil como aglutinante social”, expresa Paul Feyerabend. Al respecto, un indio yaqui de Méjico conocido como Don Juan Matus, renombrado por medio de los relatos de Carlos Castaneda como su maestro personal en sus libros, enuciaba la tajante frase: “el conocimiento es independiente del lenguaje”. Si nos situáramos desde una visión más
sensible e integradora captaríamos otra riqueza y diferentes facetas de la realidad que nos posibilitaría trascender las limitantes nociones reduccionistas y cartesianas reforzadas por las trampas del lenguaje, incapaces de incorporar la dinámica inmanente a todo fenómeno natural, todo ser vivo, todo proceso vital. Estos estados no ordinarios son alcanzados por diversos medios (meditación, técnicas de respiración, consumo de las llamadas ‘plantas de poder’ de acuerdo a la cosmovisión chamánica, o simple contemplación e introspección consciente). Pero en cualquiera de ellos, como camino adoptado se trasciende la barrera de lo racional, todos estos ‘métodos’ tienen en común el hecho de romper con la razón y el pensamiento lógico al punto de dejar de ser un camino para la consecución de algo sino más bien el camino como fin en sí mismo: ser en una máxima expresión, ser la experiencia en toda su profundidad. Todos ellos, a su vez, son considerados prácticas profundamente
sanadoras ya que expanden la percepción y el nivel de consciencia, y fueron seguidas a través de miles de años por diferentes culturas del planeta. Desde la ciencia, asumir el riesgo que implica aproximarnos a los fenómenos desde la corta visión de linealidad (estímulo-respuesta), el determinismo y mecanicismo, ayudaría a clarificar semejante limitación.
    Lamentablemente la mayor parte del conocimiento científico generado actualmente parte de estas falencias nombradas anteriormente, apoyándose en una realidad consensual que abarca solamente un pequeño segmento de todo el espectro del potencial humano, casi como si se tratara de estudiar una máscara cosmética de un ser infinito. Además, se omite la aclaración de semejantes limitaciones y se promueve más y más el desarrollo de un mundo que gira en torno al conocimiento generado desde este limitado enfoque de la realidad.
    Henry Atlan y otros autores afirman que el lenguaje es una suerte de nexo que se encuentra en la articulación entre dos niveles de organización, la mente y el cerebro; y a la vez es la herramienta con la cual se describen y analizan éstos y todos los niveles. Pudiendo así cumplir una función autoorganizadora de dichos niveles diferentes, su papel es fundamental pero particionando la realidad sólo desempeña un papel útil a los fines comunicativos acerca de aquellas pequeñas porciones que nuestros sentidos ordinarios pueden captar del Universo que nos rodea. Este discernimiento no podría estar más ausente en los viejos paradigmas que rigen la ciencia actual. Como propone David Bohm,
quizás sería posible experimentar con formas de lenguaje nuevas en las cuales el papel básico se le diera al verbo antes que al nombre. Tales formas contendrían series de acciones que fluirían y se fundirían unas con otras, sin separaciones ni rupturas tajantes. Así tanto en su forma como en su contenido, el lenguaje se armonizaría con el flujo no fragmentado del movimiento de la existencia como un todo. De todos modos, más allá de la trampa que implica el lenguaje en sí, se trata de una crisis de consciencia global en la que nos encontramos, que nos afecta y nos aleja de la noción de totalidad y Unidad, y esto trasciende los límites de nuestro lenguaje.
    Hacia el final del libro en que Aldous Huxley relata su experiencia con mezcalina nos dice: “En un mundo donde la educación es predominantemente verbal, las personas muy cultas hallan poco menos que imposible dedicar una seria atención a lo que no sea palabras y nociones. Siempre hay dinero y doctorados para la culta necedad de lo que constituye entre los eruditos el problema más importante: ¿Quién influyó en quién para decir tal o cual cosa en tal o cual ocasión? Hasta en estos tiempos de tecnología se rinde pleitesía a las Humanidades. En cambio, apenas se hace el menor caso a las humanidades no verbales, a las artes de percibir directamente los hechos concretos de nuestra existencia. Es completamente seguro que hallarán aprobación y ayuda financiera, un catálogo, una
bibliografía, una edición definitiva de la Ipsissima verba de un versificador de tercera clase, un estupendo índice que pone fin a todos los índices, cualquier proyecto genuinamente alejandrino. Pero, si se trata de averiguar cómo usted y yo, nuestros hijos y nuestros nietos podemos hacernos más perceptivos, más intensamente conscientes de la realidad interior y exterior, más abiertos al Espíritu, menos a caer, por nuestros vicios psicológicos, físicamente enfermos y más capaces de regular nuestro propio sistema nervioso autónomo no (…) Los verbalistas temen a los no verbales; los racionalistas temen al hecho concreto no racional (…). El razonamiento sistemático es algo de lo que tal vez no podamos prescindir ni como especie ni como individuos. Pero tampoco podemos prescindir, si hemos de permanecer sanos, de la percepción directa, cuanto menos sistemática mejor, de los mundos interior y exterior en los que hemos nacido. Esta realidad es un infinito que está más allá de toda comprensión y, sin embargo, puede ser percibida directamente, y desde cierto punto de vista, de modo total. Es una trascendencia que pertenece a un orden distinto del humano y que, sin embargo, puede estar presente en nosotros como una inmanencia sentida, como una participación experimentada.”




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