El Fracaso de la Razón / Nuestra percepción. Locura vs. Cordura. ¿Realidad o ilusión? ¿Percepción o alucinación? ¿Es el estado normal de cordura una cárcel para la consciencia, un “adaptógeno” para una sociedad enferma? ¿Es la locura un estallido de una consciencia más profunda e inabarcable que intenta despertar en un entorno de letargo y restricción?
¿Qué sabe el pez del agua donde nada toda su vida?
Albert Einstein
…Jamás, como en la época actual, el hombre ha vivido tan distorsionado. (…) Los valores auténticos se desvanecen ante la imposición clamorosa de los valores falsos. Todo está trastocado. (…) En el terreno de la cultura la sociedad actual ofrece dos alternativas: una cultura de masas pretendidamente igualitaria y al alcance de todos (pero en realidad siniestramente fabricada desde arriba con falsos ingredientes, y cuyo objetivo es arrojar a un público inocente al más bajo nivel posible), y una cultura irónicamente llamada superior, que utiliza también falsos ingredientes más en consonancia con un público pretendidamente cultivado, pero que ostenta la misma inocencia esencial del público masivo. Para este último público la cultura se convierte en un modo de joyería que señala un ‘status’ y sirve de ornamento a los que aspiran a ser privilegiados en la escala social, opuestos, en general, a los privilegiados de espíritu.
Aldo Pellegrini
No hay nada que impida que el ensamblaje de átomos constituidos de su cerebro constituya por sí mismo una entidad pensante en virtud de esa naturaleza íntima que la física deja siempre indeterminada y considera indeterminable.
Arthur Eddington
Cualquier cosa puede existir sin tomarse el trabajo de ser.
Antonin Artaud
Se puede vivir para el infinito, satisfacerse sólo con lo infinito.
Antonin Artaud
Rechazaré toda tentativa de encerrar mi conciencia en preceptos y fórmulas.
Antonin Artaud
Vivenciar y conocer más facetas de la realidad nos la vuelve más real.
Albert Hofmann
… el mundo de la vida cotidiana que todos conocemos no es real ni está allí más que como una simple descripción. Lo que nuestra mente considera como mundo inmediato es sólo una descripción del mundo, una que se ha inculcado en nosotros desde el momento en que nacimos. Todo lo que entra en contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo, hasta que ese niño es capaz de percibir el mundo según se lo describen. Desde ese momento el niño es un miembro más: conoce la descripción del mundo, y su membrecía se hace definitiva cuando él mismo es capaz de llevar a cabo todas las interpretaciones preceptuales adecuadas, que validan dicha descripción ajustándose a ella. Es así como la realidad de nuestra vida diaria consiste en un fluir interminable de interpretaciones preceptuales que nosotros, como individuos que comparten una membrecía específica, hemos aprendido a realizar en común y que raramente ponemos en tela de juicio. De hecho, la realidad del mundo que conocemos se da a tal grado por sentada que cualquier premisa que afirme que nuestra realidad es apenas una de muchas descripciones posibles difícilmente suele tomarse como una proposición seria.
Carlos Castaneda
La imaginación no es un estado: es la existencia humana en sí misma.
William Blake
Repasando un poco lo que se decía anteriormente, en el acto de percibir existe un sistema selectivo de categorías, un sistema de toma de decisiones, preprogramado con criterios acerca de lo que es importante percibir, y que frecuentemente ignora las cosas para las que no se lo ha preprogramado a considerar de importancia. Recordemos que todo el conocimiento de nuestro propio entorno, a partir del cual se construye el mundo físico, ingresa a nuestra conciencia en forma de mensajes transmitidos hasta ella a lo largo de diferentes vías nerviosas. Evidentemente, esos mensajes vienen codificados. Cuando un mensaje relativo a un objeto (por ejemplo: una mesa) viaja por una vía nerviosa, la alteración nerviosa no se parece en lo más mínimo ni a la mesa exterior que origina la impresión mental, ni al concepto de mesa que surge en la conciencia. Los mensajes que afluyen a la estación central de distribución se agrupan y decodifican en ella, en parte por una elaboración de imágenes instintiva, heredada de nuestros antepasados, y en parte por un proceso de comparación y razonamiento. Toda nuestra supuesta familiaridad con el mundo exterior y las teorías que de él tenemos se han construido según procesos deductivos hipotéticos y muy indirectos de este tipo. Si el mundo exterior nos resulta familiar, es porque sus fibras se introducen en nuestra conciencia; aunque lo que de hecho conocemos son los propios cabos de esas fibras únicamente; a partir de estas terminaciones reconstruimos luego el resto con más o menos talento, creatividad, suerte y fortuna, igual que un paleontólogo reconstruye un monstruo prehistórico ya extinguido a partir de sus propias huellas.
Hay una importante aclaración para hacer respecto al ‘paradigma newtonianocartesiano’. Cuando nos referimos al mismo con una rígida adherencia por personas que sostienen la imagen del Universo como una estructura mecánica pragmáticamente útil, de la cual se desprenden datos y observaciones organizables de igual modo (mecánico, y como si todo a nuestro alrededor estuviese enmarcado dentro de una grilla), se trata de un error epistemológico. La ciencia mecanicista occidental ha tergiversado y distorsionado el legado Newton y Descartes, ya que ambos tenían un concepto de Dios como elemento esencial de su filosofía y de su visión del mundo. Newton era una persona con gran inclinación hacia lo espiritual, interés en la astrología, el ocultismo y la alquimia. Descartes creía que el mundo existía objetiva e independientemente del observador humano, sin embargo la objetividad se basaba en su constante percepción por parte de Dios. Ya a principios del siglo XX, con los trabajos de muchos científicos destacados que fueron reconocidamente místicos la verdadera visión de estos pioneros comenzaba a emerger y a amplificarse en diferentes miradas y abordajes, así por ejemplo el matemático, físico y astrónomo Sir James Jeans enunciaba que dado que la “esencia real de las sustancias” está fuera del alcance de nuestro conocimiento, entonces la línea de demarcación entre realismo e idealismo se convierte en algo muy difuso.
Paradójicamente, es la correspondencia perceptual y cognoscitiva con la visión newtoniano-cartesiana tergiversada la que se considera esencial para la salud y normalidad mental, en términos psicológicos. Es decir, esta forma de percibir la realidad se convierte en lo normal, lo saludable, y en general toda desviación de esta ‘percepción exacta de la realidad’ se interpreta como alguna psicopatología que refleja desorden o deterioro de los órganos sensoriales y del sistema nervioso central, una condición médica o una enfermedad. En este contexto, a los estados no ordinarios de conciencia, con muy pocas excepciones, se los considera sintomáticos de desórdenes mentales, y de hecho se los denomina ‘estados alterados de conciencia’ como una distorsión de la percepción correcta de la ‘realidad objetiva’. La definición tradicional de salud mental, por tanto, implica la identificación con el cuerpo físico individual o imagen corporal, la aceptación del espacio
tridimensional y del tiempo lineal irreversible. Es decir, se trata de estar sujeto a una congruencia perceptual, emocional y cognoscitiva con la visión newtoniana-cartesiana del mundo, interpretada no sólo como marco pragmático de referencia, sino como descripción precisa y única de la realidad, como afirma Stanislav Grof. Desde la corriente de la psicología transpersonal, que afirma que ciertos estados de consciencia no ordinarios (a través del uso de técnicas de respiración, plantas, hongos, o incluso LSD) tienen un profundo poder sanador, Grof enuncia: “Son muchas las características inusuales de las experiencias transpersonales que destruyen los supuestos más fundamentales de la ciencia materialista y la visión mecanicista del mundo. A pesar de que estas experiencias ocurren durante el proceso de autoexploración individual profunda, no cabe interpretarlas simplemente como fenómenos intrapsíquicos en el sentido convencional. Por una parte, forman un continuo con las experiencias biográficas y perinatales. Por otra, frecuentemente parecen tener acceso directo, sin la mediación de órganos sensoriales, a fuentes de información que están claramente fuera del alcance individual convencionalmente definido. Pueden incluir la experiencia consciente de otros seres humanos y de miembros de otras especies, de la vida vegetal, elementos de naturaleza
inorgánica, reinos microscópicos y astronómicos inaccesibles sin ayuda de los sentidos, de la historia y de la prehistoria, el futuro, lugares remotos u otras dimensiones de la existencia.” [Respecto al uso de plantas psicoactivas con fines terapéuticos existe una vasta bibliografía, de la cual hay muchas citas en la lista de Referencias al final de este texto].
En las circunstancias actuales, desde la visión más mainstream de la psicología, parecería absurdo suponer que estos estados inusuales de la mente, considerados esencialmente patológicos, pudieran tener cualquier potencial terapéutico intrínseco. Así pues, la orientación predominante en la terapia psiquiátrica consiste en eliminar síntomas y fenómenos inusuales de cualquier género, con el fin de que las percepciones y experiencias que el individuo tenga del mundo vuelvan a ser las convenidas. Así, la salud mental se define en términos de la ausencia de psicopatología o de “enfermedad” psiquiátrica. Para ello no es preciso que se disfrute activamente de la existencia, ni que se aprecie la misma y el proceso vital. La mejor ilustración de este concepto la constituye la famosa descripción de Freud (con su foco en una visión altamente lógica y mecanicista) de la meta de la terapia psicoanalítica: cambiar el sufrimiento neurótico extremo del paciente por la miseria normal de la vida cotidiana. Al mismo tiempo, esto encierra el hecho de que la alienación de nuestra cultura es el origen de la profunda sensación de sinsentido, absurdo y tedio que recorre la mayoría de los espacios de nuestras sociedades. Y en esta percepción de que nada posee un sentido intrínseco florecen la apatía, la indiferencia, la indolencia, la falta de compasión y por ende la crueldad y la falta de respeto por la vida del otro. En este sentido, una persona cuya existencia sea enajenada, desgraciada, dominada
por las exigencias y las necesidades excesivas de poder, instintos competitivos y una ambición insaciable, estaría todavía incluida en esta amplia definición de la salud mental.
Esto lleva a muchas personas a manifestar una voluntad de ser, de simplemente SER, como una exigencia de autenticidad total, de sacudirse todo cúmulo de falsedades con la que la sociedad actual construye la vida precaria de las personas, a rechazar cualquier tipo de conformismo y cualquier engaño usado como justificativo “para poder vivir”. Así, estas personas son marginadas por no adaptarse a las normas y convenciones socialmente establecidas por un consenso implícito o simple hábito, y por tanto son consideradas desequilibradas, locas o inadaptadas.
Pero, ¿Qué es una alucinación? Para la consciencia, en sus más profundas inflexiones, no existe nada que pueda ser considerado una alucinación. Lo que se percibe está allí y el hecho de que otros testigos presenciales no lo distingan, o que el objeto aparecido carezca de condiciones espaciotemporales para estar ahí, no disminuye en nada la certidumbre de su existencia. “Me atrevería a decir que cuando del fondo del corazón, perplejo ante el misterio de la existencia, brota como un grito la pregunta ¿qué significa todo esto?, no podemos responderla verdaderamente mirando tan solo a la parcela de experiencia que nos llega a través de ciertos órganos sensoriales. (…) Un hombre que se refiriese a su entorno ordinario en los términos propios de un lenguaje científico sería insufrible”, remarcaba Eddington. La conciencia no tiene límites definidos, sino que se pierde en el subconsciente; vinculándose en términos indefinidos pero no obstante continuos, con la propia naturaleza mental. Ésta sería en el fondo la materia de la que está hecho el mundo, esa esencia insustancial que no podemos compararla con ninguna otra cosa.
Entre los cerebros y mentes de distintos individuos se produce una cierta coherencia no local que produce una serie de fenómenos denominados paranormales, entre los cuales se incluyen la telepatía, la visión remota, la curación a distancia, el dolor de gemelos y la conexión con independencia de la distancia entre personas relacionadas emocionalmente. En realidad, por empezar cabe recordar que en las culturas tradicionales no occidentalizadas muchas experiencias que nosotros consideramos “paranormales” son totalmente “normales”. Por ejemplo, la telepatía entre los aborígenes australianos, las impresiones de vidas pasadas en la India y la comunicación con espíritus de antepasados a cargo de chamanes en África, Siberia y Latinoamérica, son sólo algunos ejemplos de sensibilidades o percepciones que podrían haber sido filtradas y eliminadas por la mentalidad reduccionista y materialista de la civilización occidental. En muchos casos se debe a la tendencia prejuiciosa inherente a la cultura de la sociedad moderna occidentalizada y así la mayoría tiende a ignorar o incluso reprimir de la consciencia los fenómenos que no encajan en las creencias encapsuladas de los dogmas del empirismo clásico. “La gente moderna cree firmemente que la consciencia es un epifenómeno de la materia, producido en el cerebro. Este concepto influye profundamente en las creencias e incluso en las percepciones de la civilización actual. Si la consciencia no puede existir con independencia del cerebro vivo, la comunicación más allá de la tumba debe ser pura fantasía”, expresa Grof.
Más allá de que ante una primera lectura, esta sección (o, tal vez, para algunos, todo el texto) podría parecer un tanto caótica, con párrafos en apariencia desconectados entre sí, el propósito es romper, de paso, con la acostumbrada linealidad y secuencialidad por un momento. Se busca provocar la idea de estar paseando en una galería de cuadros donde todas las imágenes “independientes” empiezan a fusionarse entre sí, con la galería misma y con el paisaje que se observa desde la ventana, al punto de no poder distinguir si el observador es quien creo que soy, como persona, o si es una totalidad sin fronteras. Para terminar esta sección quiero citar un texto titulado Se escapa a la ciencia de Erwin Schrödinger, el mismo es un extracto publicado en el libro “Cuestiones cuánticas” de Ken Wilber:
***
“La imagen científica del mundo que me rodea es muy deficiente. Proporciona una gran cantidad de información sobre los hechos, reduce toda experiencia a un orden maravillosamente consistente, pero guarda un silencio sepulcral sobre todos y cada uno de los aspectos que tienen que ver con el corazón, sobre todo lo que realmente nos importa. No es capaz de decirnos una palabra sobre lo que significa que algo sea rojo o azul, amargo o dulce, físicamente doloroso o placentero; no sabe nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de Dios y la eternidad. A veces la ciencia pretende dar una respuesta a estas cuestiones, pero sus respuestas son a menudo tan tontas que nos sentimos inclinados a no tomarlas en serio.
De modo que, en resumen, no sentimos pertenecer al mundo material construido por la ciencia. No estamos en él; estamos fuera de él. Somos solamente espectadores. Si podemos creer que estamos en él, es porque formamos parte de la imagen, porque nuestros cuerpos están en ella. Nuestros cuerpos forman parte de ella. No sólo el propio cuerpo, sino también el de los amigos, el de mi perro, mi gato o mi caballo, el de todas las demás personas y animales. Y ese es mi único medio de comunicarme con ellos.
Más aun, el propio cuerpo esta implicado en una buena parte de los cambios, movimientos, etc., más interesantes que tienen lugar en este mundo material, y esta implicado de tal forma que siento ser, en parte, autor de tales acontecimientos. Pero me encuentro de pronto ante un callejón sin salida, ante ese descubrimiento científico verdaderamente desconcertante que afirma que yo no soy necesario en cuanto autor. Dentro de la imagen científica del mundo, todos esos sucesos responden de sí mismos –el intercambio energético directo proporciona una explicación suficiente de los mismos–.
Hasta los mismos movimientos del cuerpo humano “se explican por sí mismos”, según afirma Sherrington. La imagen científica del mundo constituye un salvoconducto para poder comprender todo cuanto acaece –lo que pasa es que tal vez hace que todo resulte demasiado comprensible–. Nos induce a imaginar que todo el dispositivo de la realidad es semejante a una maquinaria mecánica de relojería que, hasta donde la ciencia alcanza a saber, podría continuar funcionando indefinidamente de igual forma, sin que existan en ella conciencia, voluntad, esfuerzo, dolor y placer, ni la responsabilidad conectada con todo ello –aunque realmente existan–. Y la razón por la que nos encontramos ante tal desconcertante situación no es más que esta: que para construir esa imagen del mundo exterior, hemos acudido al expediente sumamente simplificador de dejar fuera, de excluir, la propia personalidad; de aquí que haya desaparecido, se ha evaporado, resulta manifiestamente innecesaria.
En particular, y esto es lo más importante de todo, esa es la razón por la cual la visión científica del mundo no contiene por sí misma valores estéticos ni éticos, ni dice una palabra sobre nuestro último objetivo o destino final, ni quiere saber nada –sólo faltaría– de Dios. ¿De donde vengo, adonde voy? La ciencia es incapaz de explicar mínimamente por qué la música puede deleitarnos, o por qué y como una antigua canción puede hacer que nos salten las lágrimas. En este último caso, la ciencia puede, en principio, según creo, descubrir con todo detalle desde el momento en que las ondas sonoras nos llegan al oído hasta el momento en que ciertas glándulas segregan un liquido salino que brota de nuestros ojos. Pero de los sentimientos de placer o tristeza que acompañan a todo este proceso la ciencia no sabe absolutamente nada, y se abstiene por tanto de hablar de ello.
La ciencia se abstiene también de hablar cuando aparece la cuestión de la gran Unidad –el Uno de Parménides–, del cual todos formamos parte de algún modo, a la cual todos pertenecemos. El término más común para designarlo en nuestros días es Dios –así, con mayúscula–. Por lo general, la ciencia se proclama atea. Lo cual no resulta asombroso, después de todo lo que hemos dicho. Si su imagen del mundo no contiene siquiera a lo azul, lo amarillo, lo amargo, lo dulce, ni la belleza, el placer o la pena, si la personalidad queda convencionalmente excluida de ella, ¿cómo podría contener la idea más sublime que puede concebir la mente humana?
El mundo es grande, magnífico y hermoso. Mi conocimiento científico de cuanto ha sucedido en él comprende cientos de millones de años. Y sin embargo, visto desde otra perspectiva, todo eso se contiene en los setenta, ochenta o noventa años que puedo tener garantizados: una minúscula motita en medio del tiempo inconmensurable, en medio incluso de los millones y de los miles de millones finitos de años que he aprendido a medir y a determinar. ¿De donde vengo y adonde voy? Esa es la gran cuestión insondable, la misma para cada uno de nosotros. La ciencia es incapaz de responderla.”
***
Comentarios
Publicar un comentario