Agradecimientos
Cualquier camino es sólo un camino y no es vergonzoso, ni para uno ni para los demás, abandonarlo si así te lo dicta tu corazón… Observa detalladamente cada uno de los caminos. Ponlos a prueba tantas veces como creas necesario. Luego pregúntate a ti mismo, lo siguiente: “¿Tiene corazón este camino?” Si lo tiene, el camino es bueno; si no lo tiene, no sirve para nada.
Carlos Castaneda (Las enseñanzas de Don Juan)
No pretendemos cambiar para nada las costumbres de los hombres pero sí mostrarles la fragilidad de sus pensamientos, y sobre qué inestables cimientos, sobre qué cavernas, han edificado sus tambaleantes viviendas
Luis Aragon, Antonin Artaud, Jaques Baron, Joë Bousquet, J.-A Boiffard, André Breton, Jean Carrive, René Crevel, Robert Desnos, Paul Éluard, Max Ernst, Théodore Fraenkel, Francis Gérard, Michel Leiris, Georges Limbour, Mathias Lübeck, Georges Malkine, André Masson, Max Morise, Pierre Naville, Marcel Noll, Benjamin Péret, Raymond Quéneau, Phillipe Soupault, Dédé Sunbeam, Roland Tual.
Además de las personas agradecidas en la presente tesis, quienes aportaron al desarrollo de la visión, percepción y conceptualización que me llevaron a escribir este anexo fueron:
Osvaldo Salomón, Eduardo Benavidez, Lauro Hinostroza, Elisa Vargas, Andrés Carrasco, Juan Gurevitz, Gene Bunin, Raul Venturini, Dulce Bergesi, Raul Montenegro, Ivana Berruezo, Ana de la Torre, Mariana Roqueiro, Laila Oberti, Thais Villa Abrille, Ariel Agra, Daiana Gerber, Nancy Otero, Roxana Asis, Andreé Holiveira, Daniel Treo Cascon, Mima Müller, David López, Milagros Demarchi, Lucía Malvido, Manu Kápilan, Augusto Haro, Marzio Pantalone, Marcos Tatián, Cesar García, Manuel Pastrana, Gabriel Bernardello, Peter Feinsinger, Carla Coutsiers, Daniela Marini, Pablo Granja, Marcos Tatián, Gustavo Lorenzatti, Darío Iscaro, Gisella Ahumada, Santiago Bartolomé, Milton Perelló, Cristian Schneider, Verónica Bertero, Soledad Dahbar, Fernando Bressan, Neliana Chessel, Jimena Garrido, Reyna Carranza, Eugenio Carutti, Alejandro Lodi, los Amigos del acampe, grupo ‘Posmos’, Domingo Nanni, Gary McKinnon, Aaron Swartz, Julian Assange, Edward Snowden, Antonin Artaud, Frank Zappa, Bruce Lee, John Lennon, Roger Waters, Arthur Rimbaud, Wilhelm Reich, Nicola Tesla, John Coltrane, Luis Alberto Spinetta, Lao Tse, Hayao Miyazaki, Vincent Van Gogh, Atahualpa Yupanqui, Björk, Moebius, Jiddu Krishnamurti, Alice Bailey, Akira Kurosawa, Luca Prodan, Werner Herzog, Stanley Kubrick, Jorge Luis Borges, Matt Groening, Friedrich Nietzsche, Alejandra Pizarnik, Joni Mitchell… y el arquetipo energético de todos ellos y muchos más manifestados en cada persona, en cada ser viviente, en cada pedacito de roca.
Mis hijos comienzan a notar que soy un poco diferente al resto de los papás. “¿Por qué no tenés un trabajo normal, como el resto de la gente?”, me preguntaron el otro día. Entonces les conté esta historia: había una vez un árbol torcido y uno recto en medio del bosque. Cada día que pasaba, el árbol recto le decía al torcido: “Mirame, soy alto, recto y buen mozo. Y mirate vos, estás todo torcido, curvo. Nadie va a querer verte”. Y juntos crecieron en ese bosque. Un día llegaron los leñadores, vieron al árbol torcido y al árbol recto y dijeron: “Cortemos todos los árboles rectos y dejemos el resto”. Así que los leñadores convirtieron a todos los árboles rectos en madera, palillos y papel. Y el árbol torcido sigue allí, creciendo cada día de manera más fuerte y extraña.
Tom Waits
Debemos cerrar los ojos y apelar a una nueva manera de ver... esa atención innata que habita en cada uno de nosotros, aunque tan pocos lleguen a utilizarla.
Plotino
Bibliografía
Que me contradigo?
Sí, me contradigo, ¿y qué?
(soy inmenso y contengo multitudes)
Walt Whitman
Caminante son tus huellas,
el camino, nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volverse la vista atrás
se va la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en el mar
Antonio Machado
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Anexo del Anexo 2
Superrealismo de vivir ( p r i n c i p i o s s i n u n f i n )
Busco aquella poesía primordial
Aquella prosa antiliteratura
Sin pintoresquismo, sin declamación retórica
Un cero en anecdotismo populista
En la búsqueda del aplauso fácil
El camino que funciona, no
El de las entrañas
El único que tiene un sentido verdadero
Aunque no fuera más que para mí
El que cala hondo en plena oscuridad y ausencias
Revelación y no capricho
Noción interior sin rebeldía viciosa
Expresión libre, uso y desuso de la palabra, del silencio
Sin determinismo y sin reglas, aniquilando toda lógica
Espíritu transformacional
Mística sin tiempos
Filosofía sin un nombre
lh.
Metálogo: ¿Cuánto es lo que sabes?
Por Gregory Bateson
Por Gregory Bateson
DEFINICIÓN: Un metálogo es una conversación sobre algún tema problemático. La conversación tiene que ser tal, que no sólo los participantes discutan efectivamente el problema sino que la estructura de la conversación en su totalidad sea también pertinente al mismo tema. De manera especial, la historia de la teoría evolutiva es inevitablemente un metálogo entre el hombre y la naturaleza, en el que la creación e interacción de las ideas tiene que ejemplificar necesariamente un proceso evolutivo.
HIJA: Papá, ¿cuánto es lo que sabes?
PADRE: ¿Yo? Humm… tengo una libra de conocimiento.
H.: No seas tonto. ¿Es una libra esterlina o una libra de peso? Te pregunto cuánto sabes realmente.
P.: Bueno, mi cerebro pesa alrededor de dos libras y supongo que utilizo más o menos una cuarta parte… o que lo uso con un cuarto de eficacia más o menos. Digamos, entonces, media libra.
H.: ¿Pero sabes más que el papá de Juanito? ¿Sabes más que yo?
P.: Humm. Una vez conocí un niñito en Inglaterra que preguntó a su padre: “¿Los padres saben siempre más que los hijos?” y el padre dijo: “Sí”. La pregunta siguiente fue: “Papá, ¿quién inventó la máquina de vapor?”, y el padre dijo: “James Watt”, y entonces el hijo replicó: “¿Pero por que no la inventó el papá de James Watt?” …
H.: Yo sí. Yo sé más que ese chico porque sé por qué no la inventó el padre de James Watt. Fue porque alguna otra persona tenía que pensar alguna otra cosa antes de que alguien pudiera hacer una máquina de vapor. Quiero decir algo así –no lo sé–, pero había alguien que tenía que descubrir primero el aceite antes de que alguien pudiera hacer una máquina.
P.: Sí…. eso es distinto. Quiero decir, que el conocimiento es algo que está como tejido o tramado, como una tela, y que cada pedacito de conocimiento sólo tiene sentido o utilidad gracias a los otros pedacitos, y…
H.: ¿Crees que tendríamos que medirlo con un metro?
P.: No, no lo creo.
H.: Pero eso es lo que hacemos cuando compramos tela.
P.: Sí, pero no quise decir que fuera una tela. Sólo parecido, y ciertamente no sería plano como la tela, sino de tres dimensiones… quizás cuatro.
H.: ¿Qué quieres decir, papá?
P.: Realmente no lo se, querida. Sólo trataba de pensar.
P.: Me parece que esta mañana no estamos funcionando bien. ¿Qué te parece si tomamos otra pista? Lo que tenemos que pensar es cómo están tramados los trozos de conocimiento unos con otros. Cómo se ayudan unos con otros.
H.: ¿Y cómo lo hacen?
P.: Bueno… es como si algunas veces dos conocimientos se sumaran, y entonces tienes solamente dos hechos. Pero otras veces, en vez de sumarse se multiplican… y tienes cuatro hechos.
H.: No se puede multiplicar uno por uno y obtener cuatro. Sabes que no se puede.
P.: ¡Oh!
…
P.: Y sin embargo, se puede. Si lo que hay que multiplicar son pedacitos de conocimiento o hechos o algo semejante. Porque cada uno de ellos es una especie de doble de algo.
H.: No entiendo.
P.: Bueno, por lo menos algo doble.
H.: ¡Papá!
P.: Sí. Piensa en el juego de las Veinte Preguntas. Tú piensas algo. Digamos que piensas en “mañana”. Bueno. Ahora yo te pregunto: “¿Es algo abstracto?” y tu dices: “Sí”. Ahora, a partir de ese “sí”, yo obtuve dos pedacitos (bits) de información. Sé que es abstracto y sé que no es concreto. O digámoslo de otra manera. Gracias a tu “sí”, yo puedo dividir por la mitad el número de posibilidades de lo que puede ser esa cosa. Y eso es multiplicar por un quebrado de uno sobre dos.
H.: ¿No es una división?
P.: Sí, es la misma cosa. Quiero decir… bueno… es una multiplicación por 5. Lo importante es que no se trata de una adición ni una substracción.
H.: ¿Y cómo sabes que no lo es?
P.: ¿Cómo lo se?... Bueno, supongamos que hago otra pregunta que divida las posibilidades entre las abstracciones, y luego otra. Con ello habré reducido las posibilidades totales a un octavo de lo que eran al comienzo. Y dos veces dos veces dos es ocho.
H.: Y dos y dos y dos es sólo seis.
P.: Así es.
H.: Pero, papá, no veo qué tiene que ver con las Veinte Preguntas.
P.: Lo importante es que si elijo acertadamente mis preguntas, puedo decidir entre dos veces dos veces dos veces dos veces veinte veces sobre las cosas… 2 elevado a la 20. Esto significa más de un millón de cosas en las que podrías haber pensado. Una pregunta basta para decidir entre dos cosas y dos preguntas decidirán entre cuatro cosas, y así sucesivamente.
H.: No me gusta la aritmética, papá.
P.: Sí, ya lo sé. El trabajo de la aritmética es aburrido, pero algunas de las ideas son divertidas. De todas maneras, lo que tú querías era saber cómo se mide el conocimiento, y si te pones a medir cosas, siempre terminas en la aritmética.
H.: Todavía no medimos ningún conocimiento.
P.: No. Ya lo sé. Pero hemos dado un paso o dos hacia el saber cómo lo mediríamos si quisiéramos hacerlo. Y eso significa que estamos un poco más cerca de saber qué es el conocimiento.
H.: Sería un conocimiento gracioso, papá. Quiero decir, conocer algo sobre el conocimiento. ¿Y a esa forma de conocimiento la mediríamos de la misma manera?
P.: Espera un momento –no lo sé– esa es realmente la Pregunta de $64 sobre ese tema. Porque, bueno, volvamos al juego de las Veinte Preguntas. Lo que nunca mencionamos es que estas preguntas tienen que hacerse en cierto orden. En primer término las preguntas generales de mayor extensión y luego las preguntas pormenorizadas. Y sólo a partir de las respuestas a las preguntas de mayor extensión es como sé qué preguntas pormenorizadas hacer. Pero nosotros las hemos contado todas de la misma manera. No lo sé. Pero ahora me preguntas si el conocer acerca del conocimientotiene que medirse de la misma manera que otro conocimiento. Y la respuesta ciertamente tiene que ser: no. Verás: si las primeras preguntas del juego me señalan qué preguntas hacer después, entonces tienen que ser en parte de preguntas sobre el conocimiento. Indagan sobre el asunto del conocer.
H.: Papá, ¿hubo alguna vez alguien que midiera lo que sabía alguien?
P.: ¡Oh, sí! Muchas veces. Pero no conozco demasiado bien qué significa la respuesta. Lo hacen mediante exámenes y tests y pruebas escritas, pero es como tratar de descubrir el tamaño de un papel arrojándole piedras.
H.: ¿Qué quieres decir?
P.: Quiero decir que si tiras piedras a dos trozos de papel desde una misma distancia y compruebas que aciertas en uno de los papeles con mayor frecuencia que en el otro, entonces es probable que aquél en el cual aciertas con más frecuencia sea mayor que el otro. De la misma manera, en un examen arrojas un montón de preguntas hacia los alumnos, y si compruebas que aciertas en mayor cantidad de trozos de conocimiento en un alumno que en otros, entonces piensas que ese estudiante tiene que saber más. Ese es el fundamento.
H.: ¿Pero se puede medir así un trozo de conocimiento?
P.: Seguramente que sí. Y hasta puede ser una buena manera de hacerlo. De hecho, medimos de esa manera gran cantidad de cosas. Por ejemplo, juzgamos si está fuerte o no una taza de café mirando cómo está de negro, es decir, miramos qué cantidad de luz absorbe. El principio es el mismo.
H.: ¡Oh!
…
H.: ¿Pero por qué, entonces, no medimos el conocimiento de la misma manera?
P.: ¿Y cómo? ¿Con comprobaciones mediante cuestionarios? No… ¡no lo quiera Dios! Lo que tienen de malo estas comprobaciones es que no toman en cuenta lo que tú dijiste, que existen distintas clases de conocimiento… y que existe un conocer sobre el conocimiento. ¿Habrá que darles notas más altas al estudiante que puede contestar las preguntas de mayor amplitud? ¿O tendría que haber distintas clases de notas para cada tipo diferente de pregunta?
H.: Bueno, de acuerdo. Hagamos así, y luego sumemos todas las notas y luego…
P.: No… no podemos sumarlas. Podríamos multiplicarlas o dividir una clase de nota por otra, pero no podemos sumarlas.
H.: ¿Y por qué no, papá?
P.: Porque… porque no podríamos. No me extraña que no te guste la aritmética si no te enseñan estas cosas en la escuela…. ¿Qué demonios te enseñan entonces? Me pregunto para qué creerán los maestros que sirve la aritmética.
H.: ¿Y para qué sirve, papá?
P.: No. No nos salgamos de la pregunta de cómo medir el conocimiento. La aritmética es un conjunto de trucos para pensar con claridad, y la única gracia que tiene es la claridad. Y lo primero que hay que hacer para ser claro es no mezclar ideas que son realmente diferentes unas con otras. La idea de dos naranjas es realmente diferente de la idea de dos kilómetros. Porque si las sumas, lo único que obtendrás es una bruma en tu cabeza.
H.: Pero, papá, yo no puedo mantener separadas las ideas. ¿Debería hacerlo?
P.: No, no. Por supuesto que no. Combínalas. Pero no las sumes. Eso es todo. Quiero decir… si las ideas son números y quieres combinar dos clases diferentes, lo que hay que hacer es multiplicarlas. O dividirlas una por otra. Y entonces obtienes un nuevo tipo de ideas, una clase nueva de cantidad. Si en tu cabeza tienes kilómetros, y si tienes horas en tu cabeza y divides los kilómetros por las horas tendrás kilómetros por hora, es decir, una velocidad.
H.: Sí, papá. ¿Y qué tendría si las multiplicara?
P.: Este… bue… supongo que tendrías kilómetros hora. Sí. Ya sé en qué consiste eso. Quiero decir, qué es un kilómetro hora. Es lo que pagas al conductor de un taxímetro. Su metro mide kilómetros y tiene un reloj que mide las horas, y el metro y el reloj trabajan combinados y luego multiplican los kilómetros hora por alguna otra cosa que transforma los kilómetros hora en dinero.
H.: Una vez hice un experimento. Quería averiguar si podíamos pensar dos pensamientos al mismo tiempo. Entonces pensé: “Es verano” y pensé “Es invierno”. Y luego traté de pensar juntos los dos pensamientos.
P.: ¿Y…?
H.: Pero descubrí que no estaba teniendo dos pensamientos. Sólo tenía un pensamiento sobre tener dos pensamientos.
P.: Efectivamente. Así es. No se pueden mezclar los pensamientos; sólo se los puede combinar. Y en definitiva significa que no los puedes contar. Porque contar es, en realidad, sólo sumar cosas. Y la mayoría de las veces no se puede hacer.
H.: Entonces, lo que realmente sucede es que tenemos sólo un gran pensamiento con muchísimas ramificaciones, cientos y cientos de ramificaciones.
P.: Sí. Me parece que es así. No lo sé. De todas maneras, pienso que es la manera más clara de expresarlo. Quiero decir, creo que es más claro que en esa charla sobre los pedacitos de conocimiento y cómo contarlos.
…
H.: Papá, ¿por qué no usas las otras tres cuartas partes de tu cerebro?
P.: ¡Ah, sí! El problema es que también yo tuve maestros en la escuela. Y ellos llenaron de bruma casi una cuarta parte de mi cerebro. Y luego leí diarios y escuché lo que decían otras personas y eso llenó de bruma otra cuarta parte.
H.: ¿Y el otro cuarto, papá?
P.: Oh, esa bruma la hice yo mismo cuando trataba de pensar.
PADRE: ¿Yo? Humm… tengo una libra de conocimiento.
H.: No seas tonto. ¿Es una libra esterlina o una libra de peso? Te pregunto cuánto sabes realmente.
P.: Bueno, mi cerebro pesa alrededor de dos libras y supongo que utilizo más o menos una cuarta parte… o que lo uso con un cuarto de eficacia más o menos. Digamos, entonces, media libra.
H.: ¿Pero sabes más que el papá de Juanito? ¿Sabes más que yo?
P.: Humm. Una vez conocí un niñito en Inglaterra que preguntó a su padre: “¿Los padres saben siempre más que los hijos?” y el padre dijo: “Sí”. La pregunta siguiente fue: “Papá, ¿quién inventó la máquina de vapor?”, y el padre dijo: “James Watt”, y entonces el hijo replicó: “¿Pero por que no la inventó el papá de James Watt?” …
H.: Yo sí. Yo sé más que ese chico porque sé por qué no la inventó el padre de James Watt. Fue porque alguna otra persona tenía que pensar alguna otra cosa antes de que alguien pudiera hacer una máquina de vapor. Quiero decir algo así –no lo sé–, pero había alguien que tenía que descubrir primero el aceite antes de que alguien pudiera hacer una máquina.
P.: Sí…. eso es distinto. Quiero decir, que el conocimiento es algo que está como tejido o tramado, como una tela, y que cada pedacito de conocimiento sólo tiene sentido o utilidad gracias a los otros pedacitos, y…
H.: ¿Crees que tendríamos que medirlo con un metro?
P.: No, no lo creo.
H.: Pero eso es lo que hacemos cuando compramos tela.
P.: Sí, pero no quise decir que fuera una tela. Sólo parecido, y ciertamente no sería plano como la tela, sino de tres dimensiones… quizás cuatro.
H.: ¿Qué quieres decir, papá?
P.: Realmente no lo se, querida. Sólo trataba de pensar.
P.: Me parece que esta mañana no estamos funcionando bien. ¿Qué te parece si tomamos otra pista? Lo que tenemos que pensar es cómo están tramados los trozos de conocimiento unos con otros. Cómo se ayudan unos con otros.
H.: ¿Y cómo lo hacen?
P.: Bueno… es como si algunas veces dos conocimientos se sumaran, y entonces tienes solamente dos hechos. Pero otras veces, en vez de sumarse se multiplican… y tienes cuatro hechos.
H.: No se puede multiplicar uno por uno y obtener cuatro. Sabes que no se puede.
P.: ¡Oh!
…
P.: Y sin embargo, se puede. Si lo que hay que multiplicar son pedacitos de conocimiento o hechos o algo semejante. Porque cada uno de ellos es una especie de doble de algo.
H.: No entiendo.
P.: Bueno, por lo menos algo doble.
H.: ¡Papá!
P.: Sí. Piensa en el juego de las Veinte Preguntas. Tú piensas algo. Digamos que piensas en “mañana”. Bueno. Ahora yo te pregunto: “¿Es algo abstracto?” y tu dices: “Sí”. Ahora, a partir de ese “sí”, yo obtuve dos pedacitos (bits) de información. Sé que es abstracto y sé que no es concreto. O digámoslo de otra manera. Gracias a tu “sí”, yo puedo dividir por la mitad el número de posibilidades de lo que puede ser esa cosa. Y eso es multiplicar por un quebrado de uno sobre dos.
H.: ¿No es una división?
P.: Sí, es la misma cosa. Quiero decir… bueno… es una multiplicación por 5. Lo importante es que no se trata de una adición ni una substracción.
H.: ¿Y cómo sabes que no lo es?
P.: ¿Cómo lo se?... Bueno, supongamos que hago otra pregunta que divida las posibilidades entre las abstracciones, y luego otra. Con ello habré reducido las posibilidades totales a un octavo de lo que eran al comienzo. Y dos veces dos veces dos es ocho.
H.: Y dos y dos y dos es sólo seis.
P.: Así es.
H.: Pero, papá, no veo qué tiene que ver con las Veinte Preguntas.
P.: Lo importante es que si elijo acertadamente mis preguntas, puedo decidir entre dos veces dos veces dos veces dos veces veinte veces sobre las cosas… 2 elevado a la 20. Esto significa más de un millón de cosas en las que podrías haber pensado. Una pregunta basta para decidir entre dos cosas y dos preguntas decidirán entre cuatro cosas, y así sucesivamente.
H.: No me gusta la aritmética, papá.
P.: Sí, ya lo sé. El trabajo de la aritmética es aburrido, pero algunas de las ideas son divertidas. De todas maneras, lo que tú querías era saber cómo se mide el conocimiento, y si te pones a medir cosas, siempre terminas en la aritmética.
H.: Todavía no medimos ningún conocimiento.
P.: No. Ya lo sé. Pero hemos dado un paso o dos hacia el saber cómo lo mediríamos si quisiéramos hacerlo. Y eso significa que estamos un poco más cerca de saber qué es el conocimiento.
H.: Sería un conocimiento gracioso, papá. Quiero decir, conocer algo sobre el conocimiento. ¿Y a esa forma de conocimiento la mediríamos de la misma manera?
P.: Espera un momento –no lo sé– esa es realmente la Pregunta de $64 sobre ese tema. Porque, bueno, volvamos al juego de las Veinte Preguntas. Lo que nunca mencionamos es que estas preguntas tienen que hacerse en cierto orden. En primer término las preguntas generales de mayor extensión y luego las preguntas pormenorizadas. Y sólo a partir de las respuestas a las preguntas de mayor extensión es como sé qué preguntas pormenorizadas hacer. Pero nosotros las hemos contado todas de la misma manera. No lo sé. Pero ahora me preguntas si el conocer acerca del conocimientotiene que medirse de la misma manera que otro conocimiento. Y la respuesta ciertamente tiene que ser: no. Verás: si las primeras preguntas del juego me señalan qué preguntas hacer después, entonces tienen que ser en parte de preguntas sobre el conocimiento. Indagan sobre el asunto del conocer.
H.: Papá, ¿hubo alguna vez alguien que midiera lo que sabía alguien?
P.: ¡Oh, sí! Muchas veces. Pero no conozco demasiado bien qué significa la respuesta. Lo hacen mediante exámenes y tests y pruebas escritas, pero es como tratar de descubrir el tamaño de un papel arrojándole piedras.
H.: ¿Qué quieres decir?
P.: Quiero decir que si tiras piedras a dos trozos de papel desde una misma distancia y compruebas que aciertas en uno de los papeles con mayor frecuencia que en el otro, entonces es probable que aquél en el cual aciertas con más frecuencia sea mayor que el otro. De la misma manera, en un examen arrojas un montón de preguntas hacia los alumnos, y si compruebas que aciertas en mayor cantidad de trozos de conocimiento en un alumno que en otros, entonces piensas que ese estudiante tiene que saber más. Ese es el fundamento.
H.: ¿Pero se puede medir así un trozo de conocimiento?
P.: Seguramente que sí. Y hasta puede ser una buena manera de hacerlo. De hecho, medimos de esa manera gran cantidad de cosas. Por ejemplo, juzgamos si está fuerte o no una taza de café mirando cómo está de negro, es decir, miramos qué cantidad de luz absorbe. El principio es el mismo.
H.: ¡Oh!
…
H.: ¿Pero por qué, entonces, no medimos el conocimiento de la misma manera?
P.: ¿Y cómo? ¿Con comprobaciones mediante cuestionarios? No… ¡no lo quiera Dios! Lo que tienen de malo estas comprobaciones es que no toman en cuenta lo que tú dijiste, que existen distintas clases de conocimiento… y que existe un conocer sobre el conocimiento. ¿Habrá que darles notas más altas al estudiante que puede contestar las preguntas de mayor amplitud? ¿O tendría que haber distintas clases de notas para cada tipo diferente de pregunta?
H.: Bueno, de acuerdo. Hagamos así, y luego sumemos todas las notas y luego…
P.: No… no podemos sumarlas. Podríamos multiplicarlas o dividir una clase de nota por otra, pero no podemos sumarlas.
H.: ¿Y por qué no, papá?
P.: Porque… porque no podríamos. No me extraña que no te guste la aritmética si no te enseñan estas cosas en la escuela…. ¿Qué demonios te enseñan entonces? Me pregunto para qué creerán los maestros que sirve la aritmética.
H.: ¿Y para qué sirve, papá?
P.: No. No nos salgamos de la pregunta de cómo medir el conocimiento. La aritmética es un conjunto de trucos para pensar con claridad, y la única gracia que tiene es la claridad. Y lo primero que hay que hacer para ser claro es no mezclar ideas que son realmente diferentes unas con otras. La idea de dos naranjas es realmente diferente de la idea de dos kilómetros. Porque si las sumas, lo único que obtendrás es una bruma en tu cabeza.
H.: Pero, papá, yo no puedo mantener separadas las ideas. ¿Debería hacerlo?
P.: No, no. Por supuesto que no. Combínalas. Pero no las sumes. Eso es todo. Quiero decir… si las ideas son números y quieres combinar dos clases diferentes, lo que hay que hacer es multiplicarlas. O dividirlas una por otra. Y entonces obtienes un nuevo tipo de ideas, una clase nueva de cantidad. Si en tu cabeza tienes kilómetros, y si tienes horas en tu cabeza y divides los kilómetros por las horas tendrás kilómetros por hora, es decir, una velocidad.
H.: Sí, papá. ¿Y qué tendría si las multiplicara?
P.: Este… bue… supongo que tendrías kilómetros hora. Sí. Ya sé en qué consiste eso. Quiero decir, qué es un kilómetro hora. Es lo que pagas al conductor de un taxímetro. Su metro mide kilómetros y tiene un reloj que mide las horas, y el metro y el reloj trabajan combinados y luego multiplican los kilómetros hora por alguna otra cosa que transforma los kilómetros hora en dinero.
H.: Una vez hice un experimento. Quería averiguar si podíamos pensar dos pensamientos al mismo tiempo. Entonces pensé: “Es verano” y pensé “Es invierno”. Y luego traté de pensar juntos los dos pensamientos.
P.: ¿Y…?
H.: Pero descubrí que no estaba teniendo dos pensamientos. Sólo tenía un pensamiento sobre tener dos pensamientos.
P.: Efectivamente. Así es. No se pueden mezclar los pensamientos; sólo se los puede combinar. Y en definitiva significa que no los puedes contar. Porque contar es, en realidad, sólo sumar cosas. Y la mayoría de las veces no se puede hacer.
H.: Entonces, lo que realmente sucede es que tenemos sólo un gran pensamiento con muchísimas ramificaciones, cientos y cientos de ramificaciones.
P.: Sí. Me parece que es así. No lo sé. De todas maneras, pienso que es la manera más clara de expresarlo. Quiero decir, creo que es más claro que en esa charla sobre los pedacitos de conocimiento y cómo contarlos.
…
H.: Papá, ¿por qué no usas las otras tres cuartas partes de tu cerebro?
P.: ¡Ah, sí! El problema es que también yo tuve maestros en la escuela. Y ellos llenaron de bruma casi una cuarta parte de mi cerebro. Y luego leí diarios y escuché lo que decían otras personas y eso llenó de bruma otra cuarta parte.
H.: ¿Y el otro cuarto, papá?
P.: Oh, esa bruma la hice yo mismo cuando trataba de pensar.
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“Estoy en el umbral, a punto de atravesar una puerta para entrar en una habitación. Es un asunto complicado. En primer lugar, tengo que empujar una atmósfera que ejerce sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo una presión de más de dos kilos. Debo asegurarme de que al echar el pie voy a aterrizar sobre una plancha que viaja a mas de treinta kilómetros por segundo alrededor del Sol; una fracción de segundo antes o después, la plancha estaría alejada de mí varios kilómetros. Debo además cuidar de hacerlo colgado como estoy de un planeta redondo que huye en el espacio en medio de un viento etérico que sopla a no se sabe cuántos kilómetros por segundo a través de todos los intersticios de mi cuerpo. La plancha, por otra parte, carece de toda solidez sustancial. Pisar encima de ella es como pisar encima de un enjambre de moscas. ¿No me deslizaré entre ellas? No, si pienso que puedo chocar con una de ellas que me haga rebotar hacia arriba, y al caer encuentre otra que me haga lo mismo, y así sucesivamente. Puedo confiar en que el resultado final sea quedarme quieto sobre esa fluida, bordoneante plancha. Pero si, por desgracia, llego a deslizarme por el suelo abajo o salgo de pronto lanzado violentamente contra el techo, ello no habría constituido una violación de las leyes de la naturaleza, sino que habría sido tan sólo una rara coincidencia. Éstas no son más que algunas de las
dificultades menores. Tendría además que considerar el tema cuatridimensionalmente, en cuanto que implica la intersección de mi linea mundana con la de la plancha. Luego, además, sería necesario determinar en qué dirección está creciendo la entropía del universo, a fin de asegurarme de que al pasar por el umbral de la habitación estoy realmente entrando, y no saliendo de ella. En verdad, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un científico atraviese una puerta. Y aunque la puerta sea más grande que el portón de un granero o de una iglesia, lo más prudente que pude hacer es consentir en comportarse como un hombre ordinario, y entrar sin más, en vez de esperar a que todas las dificultades implicadas en una entrada realmente científica queden resueltas.”
Arthur Eddington
¡GRACIAS!
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